El negro más negro de todos: la historia del Vantablack y la guerra de colores más potente del siglo
Una sustancia que traga la luz, un artista que quiso adueñarse de ella y otro que le declaró la guerra. La oscuridad nunca había sido tan tentadora.
Hay negros que oscurecen... y luego está el Vantablack, una creación tan intensa que hace desaparecer todo lo que toca. No es pintura ni pigmento, sino una maraña microscópica de nanotubos de carbono que devoran la luz y la convierten en calor. Frente a él, los objetos pierden su forma, los bordes se borran y solo queda una especie de vacío absoluto, un agujero negro en miniatura que parece desafiar las leyes del ojo humano.
Nació en los laboratorios de Surrey NanoSystems, en Inglaterra, como un avance tecnológico pensado para telescopios y satélites. Su función era absorber la luz errante del universo para captar con más precisión las estrellas. Pero su impacto fue tan descomunal que pronto escapó del ámbito científico para volverse una obsesión estética. BMW recubrió un modelo X6 con él y lo presentó como "el auto más negro del mundo". En los Juegos Olímpicos de Invierno de 2018, Hyundai lo transformó en arquitectura: un pabellón que, desde fuera, parecía un abismo; y por dentro, un templo blanco y luminoso.
¿Puede alguien ser dueño del negro absoluto?
En 2016, el artista Anish Kapoor consiguió los derechos exclusivos para usar el Vantablack en el arte. Solo él. Nadie más. La noticia cayó como una sombra sobre el resto del mundo artístico. ¿Se puede patentar la oscuridad? ¿Es posible privatizar el vacío? Las redes se llenaron de indignación. Y entre las voces que más resonaron estuvo la del británico Stuart Semple, quien decidió responder con ironía y un poco de revancha creativa.
Semple lanzó "The Pinkest Pink", el rosa más rosa del planeta, disponible para cualquiera... excepto Kapoor. En la tienda online, un aviso legal dejaba las cosas claras: "Al comprar este producto confirmas que no eres Anish Kapoor ni actúas en su nombre". Pero Kapoor, provocador, consiguió el pigmento y publicó una foto en Instagram mostrando su dedo medio bañado en rosa. "Up yours", escribió. Fue el inicio de una guerra de colores.
La venganza más oscura
Decidido a devolver el golpe, Semple creó Black 2.0, una alternativa al Vantablack que cualquiera podía usar. Su proceso fue colaborativo: miles de artistas enviaron sugerencias y pruebas hasta dar con un negro profundo, no tóxico, de bajo costo... y con aroma a cerezas negras. "Kapoor representa un arte de élite; yo quiero compartir los colores con todos", dijo Semple. Y así, la oscuridad -ese símbolo de lo inalcanzable- se volvió, paradójicamente, una metáfora de inclusión.
Mientras tanto, el Vantablack siguió su propio camino. En 2019, el músico Gesaffelstein lo utilizó para recubrir el escenario de su show en Coachella. Los asistentes describieron la experiencia como mirar dentro de un agujero negro. También apareció en el mundo gamer, con la Black Ops House, una habitación inmersiva creada para el lanzamiento de Call of Duty. Allí, los jugadores se perdían entre sombras absolutas, rodeados por un silencio visual que parecía tragarse el aire.
¿La oscuridad es arte o poder?
El Vantablack no es solo un material: es una idea. Habla de los límites entre la ciencia y la belleza, entre el deseo y la propiedad. Fue creado para mirar más lejos, y terminó cuestionando hasta dónde puede llegar la ambición humana. Mientras Kapoor defiende su exclusividad, Semple insiste en que el arte debería ser una puerta abierta, no un cerrojo.
Anish Kapoor y Stuart Semple
Así, lo que comenzó como un hallazgo científico se transformó en un espejo -negro, opaco, devorador- de nuestras contradicciones. Porque el Vantablack no solo absorbe la luz: absorbe el ego, la disputa, el deseo de poseer incluso lo intangible. Y quizá por eso sigue fascinando tanto. Porque en el fondo, todos queremos asomarnos a ese abismo... aunque sepamos que nos devolverá nada más que oscuridad.

